Publicidad:
Terra
La Coctelera

RECUERDOS DE CORUÑA

(A mi abuela y a mi tía Chuchi a las que debo una infancia feliz)

Llevabas aquel vestido verde descolorido y un cinturón muy fino a la cintura. También te habías puesto aquellos zapatos de rejilla que sólo usabas para salir por las tardes y acompañabas a juego el monedero marrón que sujetabas con tu mano derecha. Te encontré con la mirada cuando ya llevabas un rato llamándonos a Leila y a mí mientras el ardiente sol nos cegaba los ojos en el asfalto de La Solana. Estabas detrás de las rejas y al principio no te reconocí, nunca habías venido a vernos a la piscina a esas horas en las que siempre estabas en casa preparando la comida. Sonreías mucho y agitabas la mano intentando que te prestáramos atención y te reconociéramos. Habías bajado por San Carlos y bordeado la carretera para dar un paseo y disfrutar de ese tercer día consecutivo con sol y con temperaturas por encima de los veinticinco grados. Hasta en casa se notaba el calor, no tanto como para prescindir de la manta en la cama pero sí por lo menos para estar en manga corta a lo largo de todo el día. No llevabas la chaqueta que yo a veces te había visto ponerte por la mañana con tan sólo un botón abrochado a la altura del cuello, como si estuviera anudada. Y tampoco te habías atrevido a quitarte las medias que te ajustabas con unas ligas marrones oscuras casi a la mitad del muslo.

Lo sé porque al primer vistazo tenías las piernas bronceadas y tú color natural era el de la leche pura. Tú nunca habías tomado el sol, alguna vez habías bajado a Riazor para acompañarnos pero te recuerdo con el vestido puesto y con los zapatos quitados como única concesión. Tampoco anduviste por la orilla, como hace ahora la mayoría de la gente, e incluso dudo que alguna vez llegaras a tocar con tu mano el agua del mar ni a probar su sabor. El olor sí llegaste a notarlo, te lo llevabas contigo cuando volvías a Madrid después de pasar el verano y ya no abandonaba tu ropa ni los armarios hasta que te volvías a ir. Por mucho que lavaras todo siempre había alguna prenda que colgabas cuando sacabas de la maleta y permanecía allí latente, en espera, hasta que llegaba el mes de junio y la recuperabas. Y a lo largo de todo ese tiempo el resto de la ropa se contagiaba de ese olor tan a mar y ya todo olía a ti. A Coruña.

Aquellas largas tardes de domingo de invierno Leila y yo estábamos convencidas de que sólo estábamos haciendo tiempo para que volviera el verano y nos reencontráramos con Riazor. Y con sus diosas. Esas mujeres que cuando se levantaban de la toalla en la que tomaban el sol provocaban tal turbación que lograban ralentizar el ritmo natural de la vida cotidiana. Cuando ellas hacían intención de incorporarse era como si el conjunto de los cuerpos celestes en movimiento se alinearan y una extraña armonía metafísica contagiara a todos los allí presentes. Sus rítmicos y cadenciosos movimientos fris, fris, fris, fris, retumbaban en el aire como los tambores y timbales del final de una sinfonía mientras se alejaban en dirección a la orilla sin que un sólo grano de arena rozara siquiera sus portentosos tobillos. Se ajustaban sus gorros de colores apresando la tira con el automático y se metían en el mar con determinación hasta que el agua les llegaba por debajo del pecho. Entonces, se impulsaban hacia delante y se sumergían en el agua con una brazada lenta, inacabable, a la que seguirían muchas más que harían que poco a poco desaparecieran en el firmamento. Nadie sabía nunca si iban a ser capaces de volver. Nosotras tampoco sabíamos si íbamos a volver del ensoñamiento que sentíamos mientras dormitábamos encima de la arena. Recuerdo que tras tomar un baño vivificador nos tumbábamos en nuestras toallas playeras y notábamos como nos abandonábamos al deleite de nuestros sentidos concentrado en escuchar romper las olas, una y otra vez, cada vez mas lejanas, cada vez más cercanas. Ese ruido de fondo que a veces he intentado reproducir en alguna madrugada de insomnio y estimulada por el sonido similar que mis propias ondas cerebrales generan en mi oído medio. Un ruido constante, sordo y rítmico como el que también he sentido en pleno vuelo transoceánico cuando los motores del avión no están a plena potencia y todo el universo conocido dormita dentro de una enorme ballena de hierro y tornillos. El grito de un niño, el alarido de una abuela llamando a sus nietos o las voces que hasta entonces se oían lejanas nos devolvían a la realidad. Era como si de repente alguien nos chistara a todo volumen y nos impulsara a despertar. ¡¡¡¡Ehhhhhhhhhhhh!!!!
Pero eran muchos más los días que no salía el sol y que la mañana era para hacer recados a la tienda de Julio, a la carnicería o a la betanceira. Compra una docena de huevos, dos bollitos de pan ipasa, dos bolsas de leche, un kilo de melocotones y dos manojos de grelos. Esos días desayunábamos tranquilamente sin prisas mientras Chuchi terminaba de pintarse y arreglarse antes de ir a trabajar. Siempre se ponía la ropa interior y los zapatos y sólo después de pintarse y taparse el pelo por detrás en delicados e interminables movimientos, se ponía la falda y la blusa y aquel cinturón blanco o negro tan finito que iba a juego. Luego, como en un ritual evangélico que repetía indefectiblemente todos los días abría la ventana del comedor y decía ”Arrolla” y acompañaba su predicción con las inevitables previsiones del tiempo que variaban en función de si el edificio de Correos estaba despejado o no. “A la una abre así que preparar las cosas para ir a la piscina” decía antes de irse y de pedirle a la bueli que ventilara un poco la casa: “Manolita, abre un poco detrás antes de que llueva más”. Después yo bajaba a Julio que en su lenguaje indescifrable me preguntaba que quería mientras le gritaba a Ofelia que dejara de hablar y atendiera a las clientas. Ella le contestaba también con toda la potencia de su voz de pito a la vez que te dedicaba la mejor de sus sonrisas y me volvía a preguntar: “¿qué quieres neniña? Después de dejar colar a la vecina de enfrente que siempre bajaba en bata y zapatillas y tenía aquella niña rubita tan delgadita, por fin me hacía entender en medio del guirigay de gritos y volvía a casa a dejar la fruta y la verdura antes de acercarme a Teresa, la carnicera aquella que me resultaba tan siniestra. Siempre me llamó la atención que en esa tienda nunca estuviera el género expuesto y que cada vez que le pedías dos filetes abriera la puerta de la cámara y tardara una eternidad en salir con un trozo de carne de vaca roja. “Esta es aguja, de la que le gusta a tu tía” me decía mientras le hacía un corte imposible a la pieza y luego intentaba arreglarlo mazando los pobres filetes con una piedra roma. Al cabo de los años me enteré de que la habían encontrado muerta en su casa después de varios días sin que nadie supiera nada de ella. Estoy segura de que se había quedado encerrada en la cámara de frío acompañada por las cabezas de vaca y de cordero y los trozos de carne de aguja.
Esos largos días no perdonábamos la sesión vespertina de telenovela, con su carta de ajuste incluida, que nos servía para amodorrarnos un poco en el sofacito del salón mientras la bueli ojeaba el periódico y Chuchi se echaba la siesta. El conde de Montecristo fue una de las series que más recuerdo, probablemente porque la estancia en la cárcel del susodicho se hacía interminable. Pasaban capítulos y capítulos y aquel señor con barba canosa seguía escribiendo a la vela de un candil y alimentando odios imposibles mientras nosotras nos tomábamos una copita de malaga virgen a la salud de las causas perdidas. Tras la aparición de la carta de ajuste y el obligado descanso de la tele yo dedicaba las dos siguientes horas a probarme por enésima vez los zapatos de chuchi y los collares y pendientes de colores que guardaba en el joyerito de toda la vida. Después de rezongar un poco en el sofá, la bueli –que nunca se echaba la hora de la siesta- empezaba a arreglarse para salir a la coca-cola. Daba igual que lloviera o granizara, seguro que durante un ratito se calmaba y podíamos desfogarnos un poco haciendo el burro. En los días buenos, y siempre que hubiera algún mayor que se hiciera cargo, íbamos hasta los jardines de Méndez Núñez y probábamos a saltar la fuente sin mojarnos o a escalar por el empedrado inventando rutas imposibles y arriesgadas. Todavía guardo en mi memoria como en una foto fija, el momento en que sentí que no tenía sujeción posible y que mi única alternativa era caerme desde una altura de casi dos pisos. En el último momento alguien me sujetó desde detrás y conseguimos volver a zona segura, donde no había peligro posible.
Yo siempre quise emular a los chicos del grupo y colocarme a su altura: si los primos de Merchi saltaban la fuente, yo no iba a ser menos. Si los chicos del parque del S-11 lograban el más difícil todavía en una gimkana complicadísima yo no les iba a la zaga. Un día Chuchi me restregó con el scotch-brite por las rodillas creyendo que ese color amoratado era de suciedad y no de los golpes que me daba. Era feliz, disfrutaba cada minuto del día con total intensidad, sin miedo de nada ni ante nada. Hubo incluso momentos de delirio colectivo, como el día aquel en que las madres y las abuelas se olvidaron de la hora y todos los niños sentimos que vivíamos un momento especial mientras se encendían las primeras luces de las farolas y la oscuridad nos iba envolviendo. Con los ojos brillantes y las risas nerviosas empezamos a cantar cada vez más alto y a saltar y a brincar a un ritmo desenfrenado y delirante en una especie de ritual festivo-catártico que nos hizo entrar en comunión los unos con los otros. Una unión que perdura hoy con mis amigos que, a su vez, lo fueron alguna vez de las Merchis y Patricias, a las que, por ironías del destino, apenas he vuelto a ver.
Otros días mi tío se empeñaba en adiestrarnos en la práctica del deporte, tarea vana para Leila que nunca se sintió tentada por el footing, jogging o cualquier otra especialidad que implicara mover el culo un poco más de lo normal. Yo, sin embargo, quería estar a su altura, y aunque sospecho que él no se daba cuenta, yo me esforzaba por correr, saltar y brincar para no defraudarle. Aunque se me saliera el pecho por la boca si era necesario. Para eso Helen era mucho más lista, ella nos esperaba en el S-11 tomando una cañeja y una tapa de tortilla tan tranquila sin necesidad de pasar por ese martirio chino. Menos mal que me dieron el relevo Raúl y Diego!!

Bono, Gates y filántropos

Paul Theroux en El País de hoy pone en tela de juicio la efectividad de la desinteresada ayuda de filántropos tan famosos como Bono o Gates que prestan su imagen y dinero a favor de causas tan dignas como la Salvación de Africa. ¿Quién es el principal beneficiado, los habitantes de este continente herido o las marcas U2 y Microsoft?


África, un desacuerdo navideño con Bono
PAUL THEROUX
EL PAÍS - Opinión - 27-12-2005
Es posible que Paul Hewson -que se llama a sí mismo Bono- sepa cantar. Pero ¿y todo lo demás? Seguramente hay cosas más irritantes que recibir arengas sobre el desarrollo africano de un cantante de rock irlandés, millonario, semiculto, de nombre ridículo y con sombrero vaquero; pero en este momento no se me ocurre ninguna. Si la Navidad, la época de las historias lacrimógenas, ha hecho que me vuelva un Scrooge, en Bono reconozco a su equivalente dickensiano, la señora Jellyby de Bleak House (Casa desolada). La señora Jellyby, que no para de hablar sobre su pueblo adoptivo de Borrioboola-Gha, "en la orilla izquierda del río Níger", trata de salvar a los africanos financiándoles "para que fabriquen patas de piano y creen un negocio de exportación", al tiempo que acosa sin cesar a la gente para pedirle dinero.

Ése parece ser el destino de África, ser escenario de palabras huecas y gestos públicos. Pero lo que más destaca de los famosos dedicados a mejorar África es la necesidad que muestran de mejorar su propia imagen. Los que tratan de arreglar África tienen muchos más fallos que el propio continente. La idea de que África padece problemas insolubles y sólo puede salvarse gracias a los famosos y los conciertos benéficos es una noción destructiva y engañosa.

Quienes, hace más de 40 años, trabajamos como maestros del Cuerpo de Paz en las zonas rurales de Malaui, nos sentimos llenos de consternación cada vez que regresamos, así como con cada noticia que nos llega de aquel desafortunado país. Pero nos quedamos todavía más horrorizados ante la mayoría de las soluciones propuestas. No me refiero a la ayuda humanitaria, las labores de auxilio en las catástrofes, la educación contra el sida ni los fármacos asequibles. Tampoco estoy hablando de los esfuerzos a pequeña escala y que son objeto de un seguimiento minucioso, como la escuela de Oprah o la Aldea Infantil de Malaui. Me refiero a la plataforma Más Dinero. Hubo un tiempo en el que ésta parecía la respuesta, pero ya no. No estoy dispuesto a enviar dinero privado a una organización asistencial, ni ayuda exterior a un Gobierno, si no se explica en qué se gasta cada dólar que se envíe, y eso no ocurre nunca. Mandar más dinero a la vieja usanza no sólo es un despilfarro, sino que es estúpido y perjudicial, y además no tiene en cuenta varios factores evidentes.

Malaui tiene peor nivel educativo y está más asolado por las enfermedades y los servicios deficientes que cuando viví y trabajé allí a principios de los sesenta, pero no por falta de ayuda exterior o dinero de donantes. Es un país que ha contado con la presencia de muchos miles de maestros, médicos y enfermeros extranjeros, ha recibido enormes cantidades de dinero y, sin embargo, ha pasado de ser un país prometedor a ser un Estado fallido.

A principios y mediados de los sesenta creíamos que Malaui tendría pronto suficientes maestros autóctonos. Y así habría sido si el Cuerpo de Paz no hubiera seguido enviando maestros durante décadas. El país les daba la bienvenida porque significaba que los estadounidenses iban a enseñar a las escuelas de las zonas rurales, algo que ellos detestaban, y que, a cambio, los ciudadanos más preparados podían emigrar. Los habitantes locales no querían dar clases porque tanto el sueldo como el prestigio eran escasos. Cuando se creó la Universidad de Malaui, llegaron nuevos profesores extranjeros (que iban a trabajar gratis) y hubo pocos profesores locales que quisieran sustituirles, por razones políticas. El dinero también era un problema, pero nunca faltaban los Mercedes Benz en los ministerios. Otros países enviaron formadores en medicina. Malaui empezó a tener enfermeros diplomados, pero éstos se iban a trabajar a Gran Bretaña, Australia o Estados Unidos, de modo que hacían falta enfermeros extranjeros para trabajar en el país. En Gran Bretaña, los enfermeros procedentes del sur de África constituyen la espina dorsal del Servicio Nacional de Salud.

Cuando el ministro de educación de Malaui robó los millones de dólares que constituían el presupuesto entero de su ministerio en el año 2000, y cuando el presidente de Zambia robó una cantidad aún mayor al año siguiente, y cuando Nigeria despilfarraba la riqueza generada por el petróleo, ¿qué ocurrió? Que Bono y otros personajes de los que simplifican los problemas africanos siguieron exigiendo el alivio de la deuda y el aumento de la ayuda. Durante una conferencia que di en la Fundación Gates, al señalar los éxitos logrados por las políticas responsables de Botsuana -en comparación con la cleptomanía de sus vecinos, las decenas de millones que han sido objeto de malversación a manos de los políticos en Zambia y Malaui-, me encontré con una respuesta evasiva. Los donantes hacen posible ese comportamiento cuando hacen la vista gorda ante las malas prácticas de gobierno y los verdaderos motivos por los que esos Estados están en bancarrota.

Gates ha dicho claramente que quiere deshacerse de sus miles de millones de dólares. Bono es uno de sus consejeros de confianza. Gates quiere enviar a África ordenadores, una idea poco productiva, por no decir una locura. Yo, en su lugar, ofrecería lápices y papel, fregonas y escobas: las escuelas que he visto en Malaui necesitan todo eso desesperadamente. No enviaría a más maestros, sino que contaría con que los habitantes locales se queden y sean ellos quienes den clase. La Facultad de Medicina de la Universidad de Zambia ha formado a miles de médicos y enfermeros, pero son pocos los que se han quedado en su país. Hace 10 años, Zimbabue era una nación próspera, con excedentes de alimentos. Hoy es una ruina, debido a las políticas destructivas del presidente Mugabe, que han provocado la expulsión de agricultores y la huida de trabajadores cualificados.

Los países africanos no carecen de mano de obra. No son los casos desesperados que parecen. Están desmoralizados por las malas prácticas de gobierno y trastornados por los donantes, las organizaciones de ayuda, la urbanización descontrolada y el burdo materialismo del mundo que les invade. Las montañas de ropa usada que se envían allí cada Navidad han destruido la industria textil africana, y la miseria que cobran los africanos por sus cosechas-café, azúcar, tabaco y té- ha sido un desastre para la agricultura.

En mi época, Malaui era un país frondoso y exuberante, poblado por tres millones de personas. Ahora es un territorio deforestado y erosionado en el que viven 12 millones; sus ríos están obstruidos por los sedimentos, y todos los años sufre inundaciones devastadoras. Los árboles se han talado, para combustible y para limpiar tierras en las que obtener cultivos de subsistencia. En sus primeros 40 años, Malaui tuvo dos presidentes: el primero, un megalómano que se llamaba a sí mismo el mesías, y el segundo, un estafador cuyo primer acto oficial fue colocar su rostro mofletudo en la moneda. Hace dos años, el nuevo presidente, Bingu wa Mutarika, inauguró su mandato anunciando que iba a comprar una flota de Maybach, uno de los coches más caros del mundo.

Muchas de las escuelas en las que dábamos clase hace 40 años están en ruinas, cubiertas de pintadas, con las ventanas rotas, invadidas por la hierba. Eso no se arregla con dinero. Un amigo mío muy prominente en Malaui me pidió una vez, en tono jovial, que mis hijos fueran allí a enseñar. "Les vendría bien". Por supuesto que les vendría bien. Ser maestro en África fue una de las mejores cosas que he hecho en mi vida. Pero no parece que nuestro ejemplo sirviera de mucho. Como es natural, los hijos de mi amigo de Malaui están trabajando en Estados Unidos y Gran Bretaña. A nadie se le ocurre animar a los propios africanos a involucrarse en las labores de voluntariado. Existen muchos jóvenes adultos en África, muy preparados y capaces, que podrían influir de forma mucho más positiva que un miembro del Cuerpo de Paz.

África es un lugar precioso, mucho más bello, más pacífico, más resistente y, si no próspero, sí más autosuficiente de lo que se suele mostrar. Pero, como parece un continente inacabado, totalmente distinto al resto del mundo, un paisaje en el que una persona puede crearse una personalidad nueva, atrae a los mitómanos, a las personas que desean convencer al mundo de lo que valen. Personas que pueden ser de todo tipo, y que están en todas partes. Cuando, hace poco, veía a Brad Pitt y Angelina Jolie en Sudán, acunando a niños africanos y dando lecciones al mundo sobre caridad, la imagen que me vino inmediatamente a la mente fue la de Tarzán y Jane.

En el caso de Bono, en su papel de señora Jellyby con sombrero vaquero, no sólo él está convencido de que tiene la solución a los males de África, sino que, como grita tanto, otras personas también parecen confiar en sus respuestas. De manera absurda, Bono fue en 2002 a África con el ex secretario del Tesoro estadounidense Paul O'Neil, para recorrer varias capitales. El tema de sus peroratas era el perdón de la deuda. Acababa de comer en la Casa Blanca, donde había hablado sin parar de la plataforma Más Dinero y de que los países africanos son extraordinariamente inútiles.

¿De verdad lo son? Si Bono hubiera examinado más de cerca Malaui, habría visto una encarnación antigua de su propia Irlanda. Ambos países se caracterizaron durante siglos por la hambruna, las disputas religiosas, las luchas intestinas, las familias difíciles de controlar, los jefes de clanes llenos de soberbia, la malnutrición, las cosechas arruinadas, las ortodoxias antiguas, la tediosa sociabilidad, los malos tratos a los niños, los problemas dentales y el mal tiempo. Malaui tenía el mismo sentimiento de agravio que Irlanda, también estaba colonizado por terratenientes británicos ausentes, y también estaba lleno de sacerdotes. Hace sólo unos años, en Irlanda no era posible comprar legalmente condones, ni se podía obtener el divorcio, mientras que (igual que en Malaui) había barriles de cerveza al alcance de cualquiera y la embriaguez era una maldición nacional. Irlanda, esa isla de inactividad, "la cerda que devora a sus crías", en palabras de Joyce, era el Malaui de Europa, y por muchos motivos idénticos, dado que su principal exportación consistía en los emigrantes, tanto trabajadores como charlatanes.

Produce tristeza pensar que a muchos africanos les resulta más fácil viajar a Nueva York o Londres que al interior de su propio país. Como el tío Manny y la tía Ruth envían una postal con un león desde Nairobi, parece que han estado en todo Kenia. Pero gran parte del norte de Kenia es una zona a la que no se puede ir. No hay avión ni prácticamente carretera que conduzca a la ciudad fronteriza de Moyale, en el límite con Etiopía, donde sólo encontré camellos escuchimizados y bandoleros itinerantes. El oeste de Zambia ni aparece en los mapas, el sur de Malaui es terra incognita, el norte de Mozambique sigue siendo un mar de minas. En cambio, es muy fácil salir de África. Un estudio reciente del Banco Mundial confirmaba que la emigración de personas cualificadas de países africanos de pequeño y mediano tamaño al Primer Mundo ha sido un auténtico desastre.

África no carece de mano de obra. De lo que carece es de fe en sí misma y, en general, de dirigentes. También aquí Irlanda puede ser un modelo. Después de siglos de apoyarse en otros países, los irlandeses descubrieron que, en vez de pedir limosnas, ellos mismos podían cambiar las cosas. Educación, prácticas de gobierno racionales, gente dispuesta a quedarse y un simple esfuerzo de diligencia han transformado Irlanda de una ruina económica en una nación próspera. En pocas palabras -¿me escucha, señor Hewson?-, los irlandeses han demostrado que quedarse en casa sirve de algo.

Paul Theroux es escritor estadounidense, novelista y autor de numerosos libros de viajes; entre ellos, El safari de la estrella negra: desde El Cairo a la Ciudad del Cabo. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Bienvenidos a mi blog!!!

Lapsus, ponía web y no blog, perdónnnnn

Hola a todos, inicio hoy mi aventura en la blogosfera y siento una gran excitación por sumergirme en un mundo tan lejano y, a la vez, (ya sabréis porqué)tan cercano para mì. A modo de presentación os diré que no bebo alcohol, sólo cerveza y en cantidades industriales y no fumo pero tengo otros vicios inconfesables. ¿Cuáles? Disfrutar del cine en versión original subtitulada, leer el periódico de pago, relajarme con una buena ducha calentita o cantar villancicos con mi hija.
Poco a poco me iréis conociendo, pero para abrir boca os diré que el nombre de mi blog despierta en mí una gran nostalgia porque es el nombre de mi primer colegio y me voy a proponer recuperar a antiguos compañeros míos desaparecidos (en el tiempo y la distancia) a los que hace más de 25 años que no veo.
¿Como lo voy a hacer? Intentaré ponerles señuelos, a ver si cuelan.